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Nazco, en el Círculo de Bellas Artes

Updated: Jun 1, 2021

[Maud Westerdahl, “Nazco, en el Círculo de Bellas Artes”, en El Día, Tagoror de las Artes y las Letras, segunda época, Santa Cruz de Tenerife, 5 de mayo de 1985].


Nazco, cansada de suavidades, tuvo el valor de mirar de frente a lo terrible, el asco, la basura.

Con esta exposición Nazco nos reservaba una sorpresa. Encerrada en su estudio, en la soledad creativa, decide romper con su trabajo anterior sobre metales, volver al color, al pincel, al lienzo; abandonar el trazado lineal matizado con oxidaciones, duras manipulaciones e interminables sesiones de pulimentación –que dieron como resultado a la vez una obra impecable y emocionante, dura y sensualista dentro de sus exigencias con ella misma.


Esta misma exigencia la llevó al cambio. Manual siempre, Nazco mezcló y fabricó sus colores con látex acrílico y pigmento para lograr unos tonos que ella sentía como indispensables para lo que quería decir. Es que Nazco es una puritana frente al arte y rechaza todo lo que podría, en su deseo de seducción, influenciar la rectitud de sus conceptos artísticos. Nunca buscó la facilidad y su andar, a través de los cambios, es de un rigor absoluto y visible.


Por otra parte, y con una materia completamente opuesta a la precedente, sigue pegada a la naturaleza: cuerpos o trozos de cuerpos, imaginarios o no, paisajes o elementos de paisajes, también imaginarios o no, nos acercan por vías distintas a las cosas, sean miembros, carne, agua, viento, fuego, materia. Los cuerpos eran estáticos, con sólo una ligera vibración interior que les daba un hálito de vida. Los paisajes –por falta de palabra más adecuada– están en movimiento de volúmenes, fuegos, olas, temblores, roturas, estallidos o descomposición.


Así que casi me atrevo a decir que Nazco es una pintora de la realidad o, diremos, de las realidades, lejos de toda geometría, gestualismo gratuito o lirismos abstractos: su lirismo, controlado por una exigencia casi pudorosa, le prohíbe cualquier tipo de exhibicionismos y le impide pasar, por poco que sea, los límites de la facilidad en una dirección o en otra.


Pero la naturaleza es diversa y si los cuerpos vivían en el silencio, aquí tenemos violencia, catástrofe, ruido y furor, rebelión y rabia a gritos. Claro está que un terremoto y un seno dormido son ambos realidades. Pero Nazco eligió ahora la tempestad porque la dulzura tiene poca cabida en el mundo en que vivimos. Ella habló de “expresionismo”, pues sí, si sus bases son el hambre, el terror, el miedo, el grito y la muerte. Nazco, cansada de suavidades, tuvo el valor de mirar de frente a lo terrible, el asco, la basura.


Sin embargo estos cuadros no despiertan el horror. Y aquí está el misterioso filtro del arte. Esta fealdad que Nazco quiere expresar no contesta del todo a la llamada de la desesperación. Parece que Nazco “ve bello”. No es ningún reproche: los monstruos de Goya, los “mutilados de la paz” de Millares, son bellos. Un ejemplo. Oí a Picasso repetir: “Cuánto me gustaría ser capaz de pintar un excremento del niño, en la estación en que los niños devoran guindas verdes y se tragan las pipas ¡es tan bello!”.


Sí, las catástrofes y las flores son bellas. Es una palabra carcomida y estúpida, pero no encuentro otra.

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