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La producción artística de Maribel Nazco

Updated: May 13, 2021

[Memoria de licenciatura de Celestino Hernández Sánchez]



“Eran las tres de la madrugada, o al menos así nos lo dicen, de un dieciséis de marzo; el lugar; un valle recorrido de viejos conos volcánicos, en el costado sur del barranco de Las Angustias, a la salida de la impresionante Caldera de Taburiente, de cuya cima brota sin cesar un extraño vaho, justo a partir del amanecer, razón por la que Maribel se levantaba siempre tan temprano, para colocar sus ávidos ojos frente a la ventana de guillotina de su casa de Los Llanos, y poder gozar el incomparable espectáculo que ofrece ese aire embrujado, descendiendo desde las cumbres, valle abajo.


Y así podría transcurrir una eternidad, una vida y otra vida, hasta que Maribel alcanzó a descubrir que el agua no era tan inmensa, y que tras el mar había otras tierras, y de ello estaba tan segura porque don Manuel Morales así se lo contaba en la inmensa sala de su casa, a la leve luz de una bombilla, alimentada a duras penas por la planta eléctrica de Jeduy. Y en el fondo le dio rabia, porque, a pesar de que todos le decían que aún era una niña, ella sabía que ya había perdido un precioso tiempo, y que por tanto tendría que correr a contrarreloj, para ponerse a su lado, y tratar de ganarle, al prints, al doblar la última curva. Y a ello se dedicó con frenesí: pidió tablas, y pinturas, carbón, tierra, cualquier cosa que manchara: aprendió de don Elías González Manso, leyó mucho y destrozó innumerables lienzos que ella misma se fabricaba, manchó la casa por completo hasta que ya nadie podía vivir en paz allí, y entonces buscó nuevos lugares. Tenerife, Madrid, nuevos profesores, nuevos ambientes, nuevas situaciones y se encontró que al fin tenía un título y también un nuevo estado civil, miró el reloj y comprobó que corría el año 1965, era como para dejarlo todo, después de haberle entregado tanto al arte, pero en el fondo ese era otro sueño, como el aire embrujado de la Caldera de su infancia, y entonces volvió a rebelarse y gritó, gritó hasta romperse la garganta, y pensó que ya estaba bien de aprender de los grandes maestros (años 1950-1951), y de pintar bodegones (1952-1953), flores, retratos o paisajes (véase su obra de 1954 a 1963).


Maribel creía que aquello que vemos no es todo lo que realmente existe o tiene el objeto de nuestra visión, y lo pudo comprobar en las atormentadas lavas de las Cañadas del Teide, y decidió no pintar un paisaje, sino ofrecernos el color, la fuerza, la expresión trágica, doliente de dichas rocas, de tan atrayentes formas. Era el año 1964, y estaba contenta porque sabía lo que tenía que hacer; esto bien merecía un reposo, y para ello creyó que nada era mejor que un paseo por las negras arenas de nuestras playas, sintiendo el oleaje constante de la mar; fue aquí donde encontró unos hierros retorcidos, con la salitre a flor de piel y totalmente bronceados por la oxidación; le parecían seres hermosos, y no pudo evitar soñar con ellos y darles vueltas en su cabeza, y más vueltas, hasta que decidió coger uno de aquellos hierros y llevárselos a su estudio. Esto ocurría por el año 1968. En su estudio lo volvió a mirar, y pasaron muchos días hasta que se decidió a golpearlo, ¡tanto le atraía que hasta entonces no se atrevió!, y pudo comprobar que el golpe le daba nuevas formas, y continuó pues, golpeándolo y golpeándolo, hasta conseguir una superficie agradable, nada agresiva, humana, era el momento de mostrar las conclusiones de dicha experiencia, y Maribel se fue al Museo Municipal de la ciudad, y colgó un rótulo que decía Humanizar la máquina (etapa de 1968-1969). No estaba del todo contenta, sin embargo, y quiso saber quién era el autor de aquellos otros “monstruos” de metal; fue así como conoció al hombre. Lo estudió intensamente, le arrancó su piel, y contempló atónita sus perfectas vértebras, las tibias, la espina dorsal, el cráneo inmenso; todo aquello guardaba un asombroso parecido con las máquinas que ella ya había estudiado, y por ello se atrevió a colocar una rueda dentada entre las costillas, a dotar a unas excavadoras de recias manos humanas, quitar una biela y poner un hueso, y comprobó que todo funcionaba a la perfección y que aquellos aparatos mecánicos tenían mejor aspecto que antes, ya que por sus brazos corría nuestra sangre; volvió al Museo, y dijo que aquello era su homenaje al hombre, Homo-70, dijo.


Hizo un viaje al Espacio, siempre con el hombre, descendió al centro de la Tierra, le dio vueltas a todo, y convirtió a un cerebro en una nave espacial, y también a una rueda de hierro, esto es lo que conocemos por Catástrofes Imaginarias (año 1971). Nuestra protagonista continuó estudiando al hombre, cada vez más, tanto lo estudió que de su armazón interna pasó a su piel, recorrido cada uno de sus poros, y al final el estudio fue tan profundo que ya no se sabía si el cuerpo era de una mujer o de un hombre, y eso fue lo que Maribel realmente pretendía. Como ya había previsto desde 1968 con sus planchas de hierro oxidado y de cinc, a partir de 1972 con nuevos materiales, como el latón, el acero o el aluminio, y de una forma más intensa, Maribel Nazco se vio en la necesidad de dar otro paso adelante, y sustituir, sin desechar, el lienzo por las planchas metálicas, que de esta forma pasaron de ser protagonista formal en los lienzos de su 2ª etapa (años 1964 a 1971), a serlo en la estructura misma de la obra, su soporte, la técnica, el medio con que expresarse; su lugar en el cuadro, en el que tendría que ir, o ha ido hasta la forma, lo ocupó el cuerpo humano, un cuerpo todo piel, desnudo, pero que no era sólo un desnudo, sino el latir de ese cuerpo, la energía que lo envuelve, las ideas que lo alimentan, el conjunto que lo convierte en el ser perfecto. Es a partir del año 1975 cuando Maribel Nazco, apoyándose en sus dos elementos hasta ahora preferidos, el cuerpo humano, como motivo objeto de estudio, y el aluminio como técnica de expresión, nos ha ofrecido su obra más conocida, e igualmente más explorada. De esta forma todo ha sido siempre máquina-hombre, cuerpo-metal, lucha, pasión, entrega, siempre el hombre, siempre su mundo, sus criaturas metálicas, con lo que la continuidad a lo largo del tiempo ha venido a ser un definidor positivo de su producción artística.


A la pregunta, en definitiva, de cuál es el estilo de la pintora Maribel Nazco, cuál su generación, y cómo se pueden definir sus obras; pregunta a la que yo, por mi parte, he intentado hallar respuesta, contestaría, a su vez, con nuevos interrogantes: ¿de qué hablamos, de los años 60 en Canarias, de Nuestro Arte, de pintura matérica, de constructivismo, de neofiguración, o de pintura con un claro talante erótico?

Sabemos que existe una pintora, sabemos cuándo nació, y dónde, incuestionablemente dónde; todo ello premisas con suficiente peso como para que no puedan sufrir cambio alguno. Sabemos, además, que se trata de una pintora con toda una producción debajo del brazo, de la que es una muestra fehaciente, a nuestro entender, la Memoria de Licenciatura que hoy presentamos. Si tuviéramos, finalmente, que hacer un balance de estos ya más de 30 años que Maribel Nazco ha entregado al arte, y no sin antes señalar el amplio espacio que sigue habiendo entre ella, a pesar de los negros nubarrones que se le interponen de cuando en cuando, pensamos que sus logros más notables estarían en haber corrido siempre a la par de su tiempo, en haber aportado al ámbito de la plástica canaria un medio expresivo más amplio, dentro de la línea indagadora y experimental llevada a cabo por las vanguardias en el siglo XX, con sus planchas metálicas, de las que nos ha enseñado con brillantez cómo poder someterlas; en haber despojado, en suma, al cuerpo desnudo del ser humano de tanto lastre como hasta ahora poseía, ofreciéndonos, a cambio, un cuerpo totalmente libre, con la misma dignidad que cualquier otro motivo del arte, rompiendo, de este modo, categorías establecidas innecesariamente. Maribel Nazco, y con esto terminamos, no sólo nos ha mostrado el cuerpo, o las líneas que nos hablan de un cuerpo, sino también su alma, el latido de su sangre, su tacto, su opulencia, y su pelaje, todo aquello, en fin, que nos habla de la vida, y del existir, más que de una imagen, o del recuerdo”.

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